Judas Priest, 18/09/11, estadio Racing Club: El Epitafio Perfecto

Por La Papa Metálica

El Epitaph Tour de Judas Priest pasó por Buenos Aires para derrochar toda la fuerza de una de las bandas más poderosas, respetadas y con historia dentro del mundo Heavy Metal. Y esta vez no se trataba de un tour más, sino de la despedida de los británicos de las grandes giras mundiales (o al menos eso nos quieren hacer creer). Pasen y vean si estuvo a la altura de las circunstancias…

Judas Priest es decididamente una máquina. Una máquina perfecta y muy bien aceitada, por las glorias discográficas que brindó (“British Steel”, “Screaming For Vengeance”, “Painkiller”, y más), y aunque esta trayectoria parecía garantía de éxito; un pequeño manto de dudas avanzo sobre este show, y aunque no eran muchas, si eran significativas: que si Rob Halford estaba en forma; que el carácter histórico del show no coincidía con la cantidad de entradas que se vendían (y era verdad, el campo que en su momento salía 260$ y luego pasó a 100$); y la que más escozor provocaba, la partida de K.K Downing y el ingreso del para muchos desconocido, Richie Faulkner.

Así y todo el día llegaría y una de estas dudas se despejaba: el campo del Cilindro de Avellaneda (no así las tribunas) rebalsaba de público.

Con casi la totalidad de la gente habiendo ingresado, David Coverdale salió a las tablas con Whitesnake, la histórica banda que ya había acompañado a Judas Priest en otra ocasión. Y debo decir que, lamentablemente, no pude llegar al inicio del show de este grupo, y mucho no recuerdo de su set.

Si recuerdo que pasaron una gran versión de “Here I Go Again”, “Fool For Your Lovin’” y tres joyitas de Purple: “Soldier Of Fortune”, “Burn” y “Stormbringer”.

Sin desmerecer el talento de David y su compañeros de banda (sonaron excelente y le pusieron mucha onda para una audiencia que -obviamente- no fue a verlos a ellos), lo de Whitesnake no es más que un detalle en los recuerdos que estaban a punto de formarse en la cabeza de los metalheads con esta última visita del sacerdote de Judas.

El sacerdote se levanta

El público respondió, la noche cayó y el clima se portó. Factores más que importantes que debe aportar la “localía”. Los visitantes, los que pisaban el escenario, también tienen que ofrecer lo suyo, y Judas Priest no escatimó en gastos. Un enorme telón con el nombre de la gira se levantó para delirio del público. Cuando las luces se apagaron y las llamas empezaron a flamear, este cayó dejando ver a una banda ejecutando una furiosa versión de “Rapid Fire”. Y este primer tema sirvió para descubrir lo que sería la principal constante de la noche: un sonido impecable y muy profesional. Sólo a una banda escuché sonar así en un estadio abierto, Iron Maiden.

Es importante destacar que la banda no dejo nada librado al azar, ni en sonido ni en imagen. El sonido que golpeaba directo al corazón, un escenario imponente, cambios de telones, tres pantallas, cadenas por todos lados y un juego de luces y láser a la altura de la gloriosa banda, acompañaron durante toda la inolvidable velada.

“Metal Gods” provocó el primer gran pogo de la noche. Una versión ajustadísima con Rob Halford en plena forma acompañado por un público encendido que no dejó de cantar y saltar en ningún momento del recital. La magia siguió de la mano de “Heading Out To The Highway” y a esta altura del show, quedaban saldadas las pocas dudas que había: Halford es uno de los mejores vocalistas del género, con un registro único, llega a donde nadie más puede llegar (y más lejos todavía), y Richie Faulkner (que alternó una hermosa Flying V con una no menos preciosa Les Paul blanca) explotó y dispersó furia por toda Avellaneda revitalizando riffs históricos y soleando con maestría, demostrando porque fue la elección de Tipton y compañía para suplantar al irremplazable K.K que se bajó de la última aventura de este gigante del metal clásico. Si a esto sumamos el pulpo mecánico detrás de los parches que es Scott Travis (¡como le pega a esa batería, por Dios!), la solvencia de Ian Hill, y el peso histórico/compositivo y la ejecución del siempre impecable Glenn Tipton, tenemos una de las formaciones más monstruosas y ajustadas que se puedan recordar de Judas Priest.

“Judas Rising” y un agradecido “Starbreaker” dieron muestra de la intención del sacerdote de hacer un recorrido por todas sus placas (o al menos la mayoría, porque como era previsible obviaron la etapa con Tim “Ripper” Owens).

Fueron pasando perlas como “Victim Of Changes” (uno de los puntos más alto del show con el pelado como en sus mejores años vociferando de una manera IMPOSIBLE de describir), “Never Satisfied” o el cover “Diamonds & Rust”, hasta llegar a “Dawn Of Creation” pegado a “Prophecy” (vestimenta de monje y cetro metálico incluidos), dos temas de su última placa de estudio que, en lo particular no me dicen nada, pero que esta noche no fueron más que metal en estado puro, casi tomando el status de clásicos, para un público que vibró al ritmo del machaque gordo del tándem de guitarras conformado por Faulkner y Tipton.

El furioso “Nightcrawler”, el hitero “Turbo Lover” y la calma de “Beyond The Realms Of Death”; quedaran grabados en corazones y retinas de todos los que estuvimos presente esa noche en que la atmosfera resultó ideal para esta seguidilla de temas y lo que estaba por venir. “The Sentinel”, quizá el momento “decepcionante” (entiéndase bien que el uso de las comillas es por falta de recursos, NO HUBO tal cosa como decepción en esta noche) de la jornada, o al menos en lo particular; me pareció que Halford podía dar más de sí mismo para derretir el cerebro de los presentes y jugársela en ese estribillo demencial y que sólo una garganta privilegiada como la suya puede entonar. “Blood Red Skies” fue otra grata sorpresa de la noche, una de esas joyas olvidadas en el baúl de los recuerdos que merecía ser rescatada para tan especial ocasión.

Previa clase de historia del pelado (comentando el contexto de los años dorados) sonaron “The Green Manalishi (With The Two Pronged Crown)” y “Breaking The Law”, ese tema estandarte de los ’80 e himno de todo metalero que se precie de ser tal.

El éxtasis definitivo se alcanzaba luego de un breve solo de batería de Scott Travis que, de a poco, fue insinuando una de las introducciones mas descerebradas, asesinas y reconocibles de la historia: “Painkiller” llegaba para dejar una mar de cuerpos exhaustos en uno de los momentos de mayor intensidad entre el público.

El fin del tema más poderoso en la discografía de Judas significó también la primera salida del escenario por parte de la banda para, posteriormente, volver a ejecutarnos con los bises. Y vaya que lo hicieron…

La última misa

Judas volvió para golpear directo a las mandíbulas de todo metalero presente con la inconfundible intro “The Hellion”, esa que se combina perfectamente con “Electric Eye”, nuevamente con toda la banda a pleno dando cátedra de cómo se debe hacer Heavy Metal con altura y perdurabilidad.

Hay ciertas cosas que no pueden faltar en los shows de Judas Priest, y una de esas es la Harley Davidson. Y efectivamente, para delirio del público (unos cuantos que nunca habían tenido el agrado de presenciar esta mítica escena) comenzó a sonar el motor (bah, el sample del ruido del motor) y Halford salió a escena, esta vez sin el accidente que tuvo en Brasil; para ejecutar una excelente versión de “Hell Bent For Leather”.

“You’ve Got Another Thing Comin’” fue el anuncio de lo inevitable y, tras una nueva partida del escenario y la arenga de Scott Travis para que la gente haga “ruido”, “Livin’ After Midnight” selló lo que fue, a todas luces (y fuegos, y humo, y lásers, y tachas), una noche mágica e histórica para el metal en Argentina.

Para el final quedó el afectuoso saludo de la banda, aunque con un gusto amargo por su significado. Más allá de que el bailecito de Rob (se sacó, al  menos por un rato, el título de LA Voz del Metal que tan merecidamente se ganó) sirvió para poner una sonrisa final sustentada por todo lo vivido en una noche mítica de principio a fin; lo cierto es que no se puede dejar de pensar que esta sea, probablemente, la última visita de una de las bandas más importantes de todos los tiempos en la vida del rock & roll. Sólo queda esperar a que el próximo disco de estudio revitalice las ganas de Judas Priest por sentir la adrenalina que los grandes públicos del mundo le pueden brindar… Ya saben: a rezarle al Dios del Metal.

Foto: By Stephanie Cabral. Fuente: http://www.mariskalrock.com

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